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Un zumbido monocorde reverberaba en el fondo de mi tímpano aunque aún no era consciente de ello. El negro absoluto y denso se aclaró hasta que varias líneas se formaron frente a mí. Arbustos. Una red de ramas y hojas espinosas se mezclaban, retorcidas, sobre mi cuerpo. Mis piernas y mis brazos se arrebujaban en posición fetal y por unos instantes fui incapaz de discernir el tiempo y el lugar.

En ese momento el recuerdo regresó a mi mente. La carrera, las balas silbando a mi alrededor, las deflagraciones anunciando muerte cada vez más cerca y finalmente la inconsciencia; la oscuridad más allá de la propia oscuridad.

Palpé mi pecho entumecido. Estaba húmedo, y al mirarme la mano la vi empapada en un rojo pastoso. Estaba herido. Asustado, me examiné en busca de agujeros pero sólo encontré un dolor intenso que invadía cada centímetro de mi cuerpo. Con ese dolor recorriéndome, salí por un pequeño agujero entre los arbustos. Un hueco en el que se intuía un cielo gris y blanco. Me arrastré hacia él y salí al exterior.

Al instante una brisa helada me estremeció y comencé a temblar sin control. Entonces grité. Grité como sólo se puede gritar de rabia, miedo e impotencia. Grité para sacudirme el frío. Grité porque no podía hacer nada más. Grité mientras las lágrimas brotaban en finas líneas que surcaban mis mejillas.

Poco a poco el nudo que atenazaba mi pecho se diluyó y el entorno se fue dibujando a mi alrededor. Decenas de abetos con planta piramidal se mecían al son del viento norte, custodiando una loma de hierba alta y verde. A mis pies yacían los amasijos retorcidos de mi fusil. A su lado, descansaba mi cantimplora, herida por la metralla. La cogí y bebí con ansia hasta agotarla. Me la guardé en la chaqueta raída y caminé hasta los árboles en busca de vida.

Entre las raíces corría un arroyo raquítico; un hilo de agua que salté de una sola zancada. Mi cuerpo se rebeló ante el esfuerzo y se retorció solo, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Caí de rodillas y vomité agua y bilis a partes iguales; una mezcolanza amarillenta que me ardía en la garganta con cada arcada. Me resultó curioso ver cómo mi cuerpo se calmaba al vaciarse. Todas mis extremidades dejaron de bombear dolor y de pronto me sentí fuerte de nuevo.

Inspeccioné el terreno en busca de una ruta. Tras de mí sólo había paisaje yermo; herido por las absurdas circunstancias que me rodeaban, así que decidí seguir caminando hacia el frente. Comencé a escalar la loma de hierba alta y verde mientras en el cielo gris y blanco se abrían claros.

A través de las botas podía sentir el suelo. Era blando y carente de toda piedra. Me deleité hundiendo mis pesadas botas de cuero en el musgo que se formaba entre la hierba.

No sabría decir cuánto tiempo ascendí por aquella loma de hierba alta y verde pero sí sé que, por primera vez en aquel día infame, disfruté. Mis piernas se sucedían, despreocupadas, una detrás de la otra, hasta que en lo alto discerní el tejado de una casa.

Era un tejado negro, de pizarra brillante y laminada. Al instante mi cuerpo se agarrotó, presa del miedo a lo desconocido. Me agaché hasta que pude oler el aroma terroso del musgo y seguí avanzando. Lentamente, la casa fue brotando. El ladrillo ocre, serpetendeado por una hiedra verde oscuro, las ventanas de marcos blancos, la puerta de madera granate y el murete de piedra que envolvía un enorme jardín colmado de llorones meciéndose al son del viento. Me pareció hermosa. Tanto que, hasta un buen rato después, no me percaté del enorme boquete que se abría en una de sus esquinas. El agujero formaba junto a ventanas y hiedras un rostro grotesco que amenazaba con engullirlo todo.

Entonces, asomado al murete, la vi. Al principio como una sombra vaga; como el brochazo que desentona en un lienzo y uno no es capaz de verlo de primeras. Era una cabeza diminuta, coronada por un pelo pajizo, desgreñado y dorado. No había curiosidad en su mirada, sólo miedo. Salté al jardín y la cabeza desapareció.

El césped, que hacía un rato me parecía verde y lustroso, se mostraba ahora apagado, moribundo, y los llorones, otrora danzarines, se hundían bajo el peso de sus propias ramas. Decenas de huellas se desperdigaban en todas direcciones. Huellas de botas tan recias y pesadas como las suyas. Siguió uno de los caminos de pisadas que llevaba hasta la base del enorme hueco negro. No había allí ni rastro de escombros. El pequeño empedrado que rodeaba la casa permanecía limpio. Como si la vivienda se hubiera construido con aquel enorme orificio.

El aliento que emergía de la negrura olía a humo, pólvora y tierra. Me acerqué y apreté mi cuerpo contra la pared de ladrillos hasta que pude vislumbrar lo que se escondía al otro lado. Una escalera de escombros descendía hacia el interior y al final de ella reposaban dos cuerpos inertes. Uno junto al otro. Apenas pude distinguir sus ropas grises del suelo color ceniza. Observé que el brazo de uno de ellos abrazaba la espalda del otro como en un último intento de proporcionar apoyo o consuelo, o tal vez ambas.

Bajé por la escalera de cascotes amarillos hasta encontrarme con los cadáveres. Eran un hombre y una mujer y habían sido ejecutados allí mismo, a los pies de una enorme cama de matrimonio. Cubiertos de polvo, sólo les quedaba el consuelo de la muerte conjunta mientras las balas los atravesaban de parte a parte.

La habitación era enorme; de techos altos y paredes de cal blanca. La luz inclinada se esforzaba por entrar a través del hueco pero casi todo permanecía en penumbra. Entorné los ojos en busca de la diminuta cabeza pero no encontré nada. Traté entonces de abrir la puerta que daba acceso al resto de la casa pero estaba cerrada. Estaba dispuesto a salir al exterior cuando un ruido llamó mi atención. Había sonado como un crujido amortiguado. Repasé de nuevo la estancia pero no había nadie. Incluso miré a mis pies por si el ruido provenía de ellos pero el sonido volvió a repetirse y mis botas permanecían inmutables. Busqué una explicación y entonces vi el reguero de suelo limpio de polvo que se perdía bajo la cama. Arrastré la cama hasta descubrir una trampilla de madera. Mi corazón se disparó, y antes de abrirla cogí un cascote y lo enarbolé como arma.

Al abrirse sonó un chasquido y volutas de polvo volaron a su alrededor. No me lo podía creer. Allí, en un cubículo minúsculo, estaba la diminuta cabeza. Estaba encogida, en posición fetal, y su pelo dorado destacaba aún más en aquel espacio oscuro. Entonces pude ver que era una niña.

¿Qué hacer? Me pregunté. Dejarla allí, a salvo o llevarla conmigo. Dudé pero algo me dijo que tenía que cuidar de ella, que el miedo que sentía era normal y pasajero. Acaricié su melena desgreñada y como accionada por un resorte se giró y me miró asustada. Sus ojos color miel me atravesaron. Parecían buscar una explicación que yo no podía darle. Entonces gritó con un sonido grave; impropio de una garganta infantil. Intenté calmarla tendiéndole mi mano pero ella se acurrucó más y más.

Permanecimos así un buen rato mientras el sol subía hacia su cénit e iluminaba la casa sin ángulo alguno. La luz se derramaba sobre toda la vivienda de forma homogénea y la habitación estaba más oscura que nunca. La niña me lanzó miradas furtivas, sopesando la posibilidad de coger mi mano y finalmente lo hizo. Tenía la palma helada y los dedos mugrientos. Bajo las uñas una línea de suciedad se había formado allí donde sólo debía haber blanco. La agarré con fuerza y con un leve tirón la animé a salir. Desenroscando su otra mano de sus rodillas, obedeció y salió.

Su aspecto era homogéneo, como el de la pareja asesinada. Sólo el dorado de su cabello y el ocre de sus ojos destacaban en una figura gris. Una corriente de aire se deslizó por el hueco y la niña tembló. Al instante, me quité mi chaqueta y se la ofrecí. Ella la cogió y se la puso alrededor de los hombros. Me fijé entonces en las manchas de sangre, ya seca, que perlaban el verde oscuro de la tela. Me seguía pareciendo increíble que ninguna de aquellas salpicaduras fuera mía. Y si no eran mías, ¿de quién eran? ¿Estarían muertos? ¿Me estarían buscando? Esos pensamientos me marearon. De pronto era consciente de la proximidad de la muerte.

—¿Estás mejor? —acerté a decir.

La niña fijó su vista en la pareja de cadáveres.

—¿Cómo te llamas? —insistí.

Me siguió ignorando.

Decidí no insistir más y me acerqué hasta la pareja. Me agaché junto a sus cabezas mientras pude sentir a la niña tensándose como la cuerda de un violín. La sangre de sus espaldas se había secado, formando una diana perfecta. Una diana con un agujero oscuro en el centro cubierto de finas hebras de tela gris y blanca que se adentraban en el hueco. La mirada de la pareja era serena; de una calma alejada de la situación.

—¿Son tus padres? —pregunté sin darme cuenta de haber utilizado el presente en vez del pasado.

La niña los seguía mirando, impasible.

—Será mejor que los enterremos -dije agarrando el cuerpo del hombre.

Al hacerlo, la niña soltó un gruñido y me cogió del hombro. Había desesperación en su gesto. La miré y había lágrimas en sus ojos. Comprendí entonces que no quería despedirse de sus padres. Mientras estuvieran allí tumbados no los perdería del todo. Sepultados bajo paladas de tierra tendría que decirles adiós, y no estaba preparada para hacerlo. O simplemente no quería hacerlo.

Sin saber muy bien cómo hacerlo, la agarré por los hombros y le dije:

—Tienes que dejarme enterrarlos. ¿Lo entiendes? No pueden quedarse aquí… ellos ya no están aquí -no se me ocurría otra forma mejor de decirlo.

La chaqueta le venía enorme. Me pareció estar sujetando una cebolla pasada; lozana e hinchada por fuera pero consumida por dentro. Mientras le hablaba mis ojos se posaron en los suyos y observé que estaba leyendo. Me estaba leyendo a mí. Con la mirada estaba siguiendo cada movimiento de apertura y cierre de mis labios. Entonces comprendí los gruñidos. Aquella niña era sordomuda.

Cuando sus ojos terminaron de asimilar mis palabras asintió levemente, se apartó de mí y corrió a refugiarse de nuevo en su agujero. Preferí dejarla allí. Lo necesitaba.

Cogí el cuerpo del hombre y me sorprendí de lo poco que pesaba. Al hacerlo se deshizo el abrazo y por un instante sentí que no estaba haciendo lo correcto.

Con cuidado de no tropezar, subí por los cascotes amarillos y salí al exterior. La niña seguía sumergida en su agujero. Mejor así. Había algo de patético en el cuerpo macilento, algo que una hija no debe ver de su padre. Repetí la operación con la madre y los dejé en el jardín, bajo la triste mirada de los llorones. Rodeé la casa en busca de un cobertizo de herramientas y lo hallé en la parte trasera; una pequeña caseta de madera descolorida perdida entre setos. En su interior había varias palas, azadas y rastrillos. Cogí un par de palas y volví junto a los cadáveres.

La tierra estaba blanda, y en poco más de una hora tuve una tumba para los dos. El sol se colaba en el hueco y el olor a humedad anegaba mis fosas nasales. Desde el fondo del agujero agarré el primero de los cuerpos. Resultó ser la mujer. La deposité con cuidado e hice lo propio con su marido. Antes de subir los dejé como los había encontrado, fundidos en el mismo abrazo que los había visto morir. Ascendí de nuevo hasta el jardín y allí me encontré con la niña. Sostenía la chaqueta cruzada con sus manos mientras se rascaba su pie izquierdo con el derecho.

Clavé la pala en el montón de tierra y me agaché de nuevo frente la niña.

—Voy a rezar por ellos, ¿vale? —dije poniendo especial cuidado en que me entendiera.

Ella pareció asimilar mis palabras y asintió. Entonces fui consciente de que no sabría qué decir. ¿Qué se puede decir sobre alguien a quién no conoces? ¿Cómo es posible siquiera bosquejar una dedicatoria para un completo extraño? Ni siquiera sabía sus nombres. No. Era imposible concebir una despedida para alguien a quien nunca habías saludado.

Con esa convicción, me dirigí de nuevo hacia la cavidad, extendí mis brazos y simulé una plegaria al cielo. Esperé unos instantes en silencio. Aunque ella no podía oírme, el silencio me parecía menos ofensivo que las palabras vacías. Unos instantes después me santigué y la niña hizo lo propio.

Comencé entonces a cubrir los cuerpos con el mayor cuidado posible, consciente de que cada palada era para ella una despedida y había que suavizarlas lo máximo posible. El blanco de sus pieles fue dando paso al marrón oscuro de la tierra húmeda hasta quedar cubiertos por completo. Me pregunté si había algo de poético en la situación, si es que la poesía entiende de muerte. Los cuerpos de los dueños alimentando el jardín que tanto habían cuidado, prestando sus fluídos y sus nutrientes. Ligeramente asqueado por esa última imagen y maldiciendo la poesía, ofrecí mi mano a la niña y esta vez la cogió sin pensárselo.

Mis tripas rugieron furiosas. Le hice un gesto a la niña con la mano que enseguida comprendió y tiró de mí hacia la casa. Nos dirigimos al portón principal y ella sacó una llave de hierro pulido de un bolsillo interior de su vestido. La puerta de madera crujió al abrirla. Al otro lado nos recibió un pequeño hall forrado de madera en paredes y suelo. El techo estaba rematado por una moldura de yeso blanco y bajo mis pies se extendía una alfombra rasurada de tonos rojos y marrones. Era un recibidor bonito; ni ampuloso ni tampoco cochambroso, el tipo de entrada que no creaba una idea preconcebida de sus inquilinos.

La puerta se cerró a mis espaldas de un golpe seco y la niña giró varios cerrojos. Pensé en lo absurdo de aquel gesto dado el enorme boquete que había en la fachada y la fina puerta que lo separaba del resto de la casa, pero no dije nada. Me agarró la mano de nuevo y me llevó a la cocina. Allí, me sentó en una mesa de roble oscuro e indicó con un gruñido y un gesto que esperara. Sonreí al verla comportarse como una pequeña madre. La vi revolver los armarios y sacar cacerolas y aperos de cocina. Después de un rato, y con rostro satisfecho, plantó ante mí una letanía de alimentos: un par de manzanas marchitas, una hogaza de pan seca, tres trozos de carne desalada de animal indefinido, un puñado de nueces y una cebolla de tamaño considerable. Trajo sendos platos y cubiertos y comimos en silencio. Reservé las nueces para el final. Estaban resecas y algunas invadidas por telarañas y moho pero me supieron como el mejor de los manjares. Rumié el gusto dulzón hasta hacer desaparecer cualquier rastro de fruto seco de mi boca. Entonces, con el estómago lleno, la niña y yo nos instalamos en un sopor digestivo que sólo se vio interrumpido por un sonido.

Mi rostro debió mutar ante los gritos que escuché porque la niña frunció el ceño, tratanto de comprender, y su cuerpo se tensó al instante. Eran voces que creía haber dejado atrás, olvidadas en un albor de mi mente. Le hice el gesto del silencio con el índice extendido y le dije que me siguiera. Los gritos se intensificaban con cada paso que dábamos y antes de llegar a la puerta principal una sombra se recortó contra la alfombra rasurada. Dimos media vuelta y bordeamos la cocina hasta dar con un baño de baldosa blanca. Le indiqué que se escondiera tras la bañera que presidía el cuarto desde su trono de loza. Saqué la pistola y contesté con una sonrisa a su mueca de terror.

Si no fuera una niña sorda, hubiera oído el tiroteo que aconteció después. Nada más cerrar la puerta me agaché tras la isla de mármol donde se amontonaban las cacerolas y el polvo. Me asomé hasta el borde lo justo para ver una cabeza de gesto seco y pelo afeitado intentando otear el interior de la casa. Mi corazón dio un vuelco y mi mano me traicionó, agarrando por instinto el mármol. Al hacerlo una perola cayó con fuerza, resonando por toda la cocina. El rostro seco se tensó más si cabía y lanzó varios gritos mientras entornaba los ojos. Alguien comenzó a patear la puerta principal así que no me lo pensé más. Agarré mi muñeca derecha con la mano izquierda y apunté directamente a aquel rostro anguloso de dueño desconocido y a la vez tan conocido.

El cristal se resquebrajó como una telaraña con un agujero en su centro. La figura al otro lado cayó a la vez que una tormenta de balas se desataba sobre mi cabeza. Me agaché mientras decenas de trozos de baldosa, metal y madera caían sobre mí. No podía ver nada, así que me limité a cubrirme y fijar la vista en la entrada de la cocina, esperando a que la puerta cediera ante las botas que la pateaban, incesantes. Por un instante los proyectiles dejaron de volar y se instaló un silencio absurdo. Sólo escuchaba el batir del corazón en mis sienes y el chasquido de los cristales cayendo. Respiré hondo y pensé en la niña. Podía imaginar su miedo. El pánico de no saber qué está pasando y a la vez me complacía con su ignorancia. La inocencia que le otorgaba el no oír las balas ni la destrucción.

El silencio se vio roto por el tintineo de una granada. Rodé sobre mí mismo hasta el otro lado de la isla, justo antes de que la deflagración me alcanzara de lleno. La onda expansiva se extendió por toda la cocina y me golpeó el hombro derecho, la espalda y parte de la nuca. Las balas volvieron a volar en ráfagas: clac, clac, clac. Silencio. Clac, clac, clac. Silencio. Gritos.

Me arrebujé contra la isla dispuesto a ocupar un espacio mínimo. Mis oídos se quejaban y mi cabeza embotada pedía aire a gritos. En ese momento la puerta no soportó más embestidas y salió despedida del quicio. No pude verlos, pero por la esquina de la cocina emergieron dos hombres de uniforme gris, empuñando sendas ametralladoras y vociferando en un idioma inteligible. Podía sentir sus pasos inseguros y la duda se colaba en sus voces. También ellos tenían miedo.

Inspiré hondo y salí de mi escondite. Apreté el gatillo antes incluso de poder apuntar y sus balas respondieron a las mías de inmediato. Clac, clac, clac. Todo terminó en segundos. Las dos figuras cayeron junto a sus armas humeantes al tiempo que un dolor indescriptible me sacudía de arriba a abajo. En el centro de mi estómago, allá donde antes había un ombligo, el recuerdo de mi propia existencia, una mancha roja se extendía con rapidez alrededor de un boquete negro. El ardor de mis entrañas trepaba hasta mi garganta y descendía hasta mis piernas. Estuve a punto de caer.

Tambaleando, caminé hasta el baño y abrí la puerta dejando una huella de sangre en la puerta. La niña me recibió al otro lado con cara serena pese a mi aspecto. Daba por hecho que ya debería haber muerto. Se acercó hasta un pequeño armario y sacó varias vendas y gasas. Agarró mi mano de nuevo y me llevó hasta el cuarto del boquete. Abrió la puerta con su manojo de llaves y me ayudó a tumbarme en la cama. El dolor seguía consumiéndome por dentro pero la suavidad de la colcha me proporcionaba algo de consuelo. La niña me subió la camiseta y envolvió mi tripa con una venda blanca que al instante se tornó roja. Se afanó en colocarla bien pese a saber que no había nada que hacer. Podía ver en su mirada la consciencia de la muerte; de mi muerte. Sólo quedaba una cosa por hacer.

Le hice un gesto para que me mirase.

—Vete —le dije—. Vete hacia el este. Sigue el nacimiento del sol.

La niña me miró comprendiendo al tiempo que un rumor mecánico llegaba a mis oídos. Se acercaban.

—¡Vete! —le grité como si el grito significara algo en sus tímpanos mudos.

La niña me besó en la mejilla y salió corriendo por el camino de cascotes amarillos con lágrimas colgando de sus pómulos.

Inspiré con fuerza y me levanté de la cama. Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que protegerla. Tenía que ganar tiempo a la muerte. Caminé de nuevo hasta la cocina y tiré al suelo los restos de comida y vajilla que sobrevivían sobre la mesa. Me eché al hombro las ametralladoras y me parapeté sobre la puerta. El rumor era ya un ruido de maquinaria ensordecedor. Engranajes, tornillos y acero fundido moldeados para la guerra. El engendro de metal brotó a través de los llorones, aplastándolos como hierba seca. Como moscas alrededor de un rinoceronte, decenas de figuras de color gris corrían hacia la casa. Enfurecido por la muerte de los árboles comencé a disparar. Clac, clac, clac. Clac, clac, clac. Vi a una figura caer fulminada. En ese momento, el monstruo de acero giró su torreta hacia mí, como un enorme ojo amenazante. El chirrido metálico rebotaba por todo el recibidor.

Corrí como pude hasta la habitación del boquete y llegue en el momento en que media casa desaparecía tras la deflagración. Era imposible que en un sólo segundo volaran meses de trabajo y años de vida. Momentos y recuerdos se evaporaban por el calor de un simple trozo de acero acelerado. El pitido monocorde volvió a reverberar en mis oídos. No había nada que hacer. Sólo ganar algo más de tiempo.

Arrastré la cama hasta su posición original y me tumbé bajo ella. Repté hasta el minúsculo cubículo y me metí en él. Agarré mis rodillas con mis manos y hundí la cabeza entre ellas. Los gritos rebuscaban ya entre los restos de la casa. Me buscaban a mí, y sólo a mí. La niña ya no existía; era libre. Con ese pensamiento, cuando arrancaron la cama de su sitio y noté el frío metal contra mí nuca, sonreí. Sonreí como hacía mucho que no lo hacía y como nunca más lo haría.

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