“Una oleada de payasos siniestros asola las calles de los Estados unidos sembrando el pánico”.
El gesto del presentador se debatía entre la burla y la formalidad de la noticia. El resplandor de decenas de imágenes de adolescentes disfrazados de payaso inundaba la penumbra de la sala de estar y un leve soplido de mofa se escapó de sus labios.
Se decía que sentir miedo era estúpido. Al fin y al cabo, ¿qué era el miedo? Siempre se había dicho que no era más que un reflejo de las inseguridades que azotan nuestra vida moderna. Una consecuencia de nuestro debilitamiento; de nuestras comodidades y lujos; de nuestro miedo a morir. ¿Cómo podían cuatro críos mal disfrazados provocar el pánico?¿Qué tipo de sociedad pueril se acongojaba ante semejante caterva de “payasos”? El símil esculpió otra sonrisa en sus labios. Dio un trago a su cerveza y se concentró en el filete que descansaba en el plato, rodeado de verduras cocidas.
— ¿Cómo se puede tener miedo de algo así? -preguntó a su mujer sin llegar a mirarla.
La pregunta se quedó suspendida en el aire mientras el presentador daba paso a otra noticia:
“Novedades en el caso del crímen de…”
—Papá, ¿qué es tener miedo? —la voz inocente de su hija se unió al tono grave del presentador.
“El asesino intentó descuartizar a las víctimas de dos y cuatro años…”. La televisión mostraba los rostros emborronados de dos niñas jugando juntas.
-¿Eh, papá? -insistió su hija.
Escuchó el murmullo de su mujer dando una contestación edulcorada sobre lo que era el miedo.
-Entonces papá no tiene miedo, ¿a que no? -preguntó con el rostro lleno de orgullo.
Pero él no la escuchó. La imaginó a ella en aquél televisor, proyectando su imagen en miles de hogares que cenaban ajenos a ese dolor. Imaginó lo que debían sentir sus padres, su odio, su rencor, su dolor. Sintió un nudo formándose por todo su cuerpo, una sensación de anquilosamiento que le obligó a respirar hondo y que, finalmente, le hizo ser consciente de lo terrenal y profundamente humano que era y, sobre todo, del miedo que tenía.

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