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Situémonos, llevamos varios años embebidos en el medio digital. Redes sociales, foros, e-commerce y otras actividades 2.0 definen nuestro día a día. Como ya sabemos, este auge digital ha tocado (y de qué forma) al mundo literario.

A lo largo del mundo, miles y miles de escritores frustrados y no frustrados (entre los que me incluyo… por ahora) se han lanzado a la aventura de la edición a través internet. Y no sólo autores, también jóvenes editores han visto en la red de redes el escenario perfecto para iniciar una actividad que no sólo puede llegar a resultar provechosa económicamente, sino, sobre todo, de enorme realización personal. Ahora bien, ¿es posible alcanzar ambos conceptos? Evidentemente sí, pero, ¿y si no lo conseguimos? ¿Qué debe primar en ese caso: el beneficio económico a toda costa o sentirse a gusto con lo que se escribe? Es aquí donde llegamos al quid de la cuestión.

Cuando hace un año y pico decidí meterme por mi cuenta en esto de la autoedición me cuidé muy mucho de ofrecer lo mejor que sabía hacer en ese momento. Sé que dentro de unos años veré mi primera novela como algo mejorable (ya la veo pasado un año) pero también sabré que en ese momento era todo lo que tenía dentro. También seré consciente de que hice todo lo posible por ofrecer un producto de calidad (más allá del propio nivel literario de la obra): contraté a un corrector que revisó mi obra concienzudamente, encargué varios informes de lectura y dejé mi obra a varios amigos y conocidos con criterio y a los que pedí por activa y por pasiva que me dieran su opinión SINCERA, nada de palabras bonitas y halagos estériles. En definitiva, hice todo lo que estaba en mi mano para ofrecer algo por lo que pagar un precio justo y con lo que el posible lector no se sintiera engañado.

Y a estas alturas, alguno os preguntaréis por qué digo esto, pues muy sencillo: porque, por desgracia, cada día asisto a un desfile constante de obras mal escritas que se promocionan por internet (aunque en algunos casos están más cerca del spam) sin ningún tipo de pudor. Obras de las cuales he bajado extractos (o en algunos casos he llegado a comprar) y que espantan. Pero, insisto, no quiero decir nada del nivel literario (que es muy subjetivo), sino de los fallos ortográficos, la repetición de palabras constantes y la mala maquetación.

Lo que me llama la atención en algunos casos es que las ventas parecen funcionar muy bien pese a que muchos cosechan más valoraciones de una estrella (en el caso de amazon) que del resto de estrellas juntas. Libros que tienen reseñas con palabras como: “pésima”, “mediocre”, “timo”, “engaño” o “penoso”. No puedo menos que sorprenderme ante la buena marcha de las ventas, y lo achaco al spam masivo que mencionaba anteriormente.

En fin, no quiero que esto sea una crítica. Mi principal intención es que todos recapacitemos. Muchos dirán: “qué más me da que me critiquen mientras se venda bien”, aquello del “que hablen bien o mal, lo importante es que hablen”, pero (y esto siempre bajo mi humilde punto de vista) me parece un suicidio literario, además de un flaco favor para grandes obras que se ven relegadas a los bajos fondos de ventas por una falta de promoción por su parte o un exceso de promoción por la de otros.

Por desgracia, esto no es algo exclusivo del mundo digital. En la industria tradicional también encontramos fallos de maquetación u ortográficos, si bien son algo menos habitual.

Como reflexión final, si publicamos un libro es porque no escribimos sólo para nosotros. Si así fuera, tendríamos los cajones repletos de obras que nunca verán la luz. No, lo que nosotros hacemos es escribir también para los demás, para los lectores; gente que se está dejando una cantidad de dinero (por exigua que sea) para leernos, y a esas personas hay que mimarlas, darles un producto de calidad y esperar que lo que les enamore al leer la historia sea lo que nos ha emocionado a nosotros al escribirla, y que no terminen odiándola por la cantidad de fallos que se encuentran.

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