II

La noche era fría, húmeda y una neblina cubría con su blanco manto la tierra. Andaba despreocupado, absorto en sus pensamientos, mientras miraba con su pie izquierdo seguía a su derecho con una cadencia anodina y repetitiva. Tenía unos treinta y tantos, su gabardina oscura le llegaba hasta las rodillas. El sombrero de ala al estilo americano ensombrecía sus rasgos de tipo duro, definidos, como hechos en roca. Su cigarro se consumía al ritmo de sus zancadas, las volutas surcaban el gélido aire de la noche y desaparecían para siempre.

Nada podía perturbarle, nada excepto ella. Su mirada negra y profunda se encontró con aquella mujer rubia teñida, tinte número 45 diría él. Sus labios, rojo carmesí, su vestido del mismo color abrazaba sus curvas de mujer fatal. El paso firme y seguro, sus pies formaban una perfecta línea recta en su recorrido.

Sus cuerpos se rozaron, un roce perfecto, apenas perceptible pero intenso, por encima del mejor revolcón. No hubo palabras, no hubo gestos, ni siquiera miradas provocativas. Solamente un roce, un rojo pasional y frío, mucho frío.

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