V

 

            La fina suela de sus botas de cuero apenas le protegía la planta de los pies de las piedras del camino. Lucía una falda tradicional a cuadros y una camisa de lana blanca. En su cintura, una espada. Su larga melena trenzada ondeaba al viento. Su mano izquierda marcaba el rítmico paso ascendente, su mano derecha llevaba a su amor. Ella era de su misma edad, bella como el amanecer y pura como el agua de un manantial. Se quejaba de sus pies. ¿Tanto podría quedar para alcanzar la cumbre de aquella montaña?. Él le animaba diciéndole que merecería la pena.

 

            Tras una larga ascensión al fin llegaron. Se quedaron sin palabras, estupefactos, mudos ante la escena que sus retinas acogían. Sus ojos vidriosos derramaron lágrimas de emoción. En aquellos altos parajes escoceses creyeron intuir el reino de los cielos. Ante ellos se extendía el hermoso valle. Los lagos reflejaban la luz del sol del ocaso en un baile hipnótico de formas y colores. La nieve de las cumbres contrastaba con el verde intenso de la hierba. Los bosques se extendían como un manto por las laderas. Las aves, espectadores de excepción, surcaban los cielos en un vano intento de buscar comida tardía. Pasaron las horas sin pronunciar palabra alguna, no era necesario.

 

            Y allí, contemplando en silencio la obra de un ser superior, se abrazaron al abrigo de las estrellas que los observaban. ¿Para que morir? Se preguntaron. Ya estaban en el cielo.

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